martes, 6 de octubre de 2009

La elegía del paraíso perdido de Eduardo Fraile

Hay un culturalismo vitalista en todo aquello que traducimos a coordenadas emocionales a lo largo de nuestra vida, vivencias que quedan vinculadas por siempre a un gesto, a algún detalle, una especie de hiperenlace caprichoso en nuestro magma orgánico, entonces podemos trazar nuestra propia cartografía sentimental tratando de reunir todos aquellos fragmentos dispersos, y el resultado es nuestra propia proyección elegíaca.



Esta es la característica que podríamos atribuir a la poesía de Eduardo Fraile en sus dos últimas obras: Quién mató a Kennedy y por qué (Junta de Castilla y León, Valladolid, 2007) y La chica de la bolsa de los peces de colores (Visor, Madrid, 2008). La añoranza del paraíso perdido, la escritura de lo que podría haber sido, vida precintada en el pasado que volverá a hacerse presente tal vez algún día, volviendo a fulgir en el espacio, sobre la que de continuo se pregunta el poeta en nostálgico monólogo:


Escúchame, alma mía, ¿recuerdas cómo éramos
en el alba del tiempo?. Aquella sed de luz
que el deseo tornaba implacable… ¿Se sació de algún modo?.

¿Creciste, hiciste tuyo
el caudal loco de los días en la argentina edad?

Mírame: ¿me parezco
todavía un poco a ti? ¿Me reconoces?.

(Quién mató a Kennedy…), p. 27.



La realidad que contempla el poeta no es más que una justificación de su propia historia vivida, cierta y sublime ante la biografía inconclusa y nebulosa que le rodea. Así comienza su poemario La chica de la bolsa de peces de colores:

Ahora me asomo a la ventana de micorazón:
(La chica de la bolsa…, p. 13)

La realidad que su corazón evoca le permite desdoblar la realidad, porque habla a veces desde el reencuentro consigo mismo, lugar físico transcendido a entidad en la que no consigue reconocerse, desorientado existencialmente:


Vuelvo a Valladolid tras unos años
de ausencia, y noto muy cambiada la ciudad.
(…)
(La chica de la bolsa…, p. 14)

Fraile crea su propia mitología a través de la que se vive a sí mismo, una realidad cálida y local que no elude ningún elemento por camp que pudiera parecer:

La melancolía es de color albivioleta
como la camiseta del Real Valladolid…
(...)Quién sabe
cómo era nuestro dolor de niños
que hoy es un cachorrillo dócil que se deja tocar en el recuerdo

(Quién mató a Kennedy…, p. 39)

Era el chocolatero.
Cada mes o cosa así desembarcaba
con su 600 blanco
(…)
(La chica de la bolsa…, p. 52)




Un espacio habitable localizado en su propia ciudad, Valladolid, causa esta de las precisiones geográficas de calles y parajes diversos, que el autor, lejos del localismo, convierte en conceptos:

Paseo por el barrio de San Pedro Regalado
(Valladolid)
y el aire huele a una novela de Rafael Sánchez Ferlosio…

(La chica de la bolsa…, p. 20)

(seguramente es ese rastro de canela en las alborozadas mañanas de primavera, apunto, a lo que huelen las novelas de Ferlosio).

La elegía del mundo perdido viene sugerida por la musicalidad trunca del verso libre, el discurrir de suave y serena nostalgia planea en esa coloquialidad del estilo, sin retoricismos, con una voluntad de documento poético que quiere legarnos este poeta castellano desterrado en este espacio que es la realidad en donde él intenta crear otra más habitable, tal vez considerando, como Luis Cernuda, que la realidad no es sólo aquello que todos podemos ver sino la realidad que nosotros mismos construimos para desplegar nuestra vida, nuestros sueños y también nuestros miedos.
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