domingo, 14 de marzo de 2010

Un clarín que suena a óxido y hojalata

La grandeza de la poesía épica es verdaderamente su sencillez, lograr esa serena majestad de su estilo, ese aroma y emotividad que  provienen de su espíritu popular que nos infunde tanta sugestión. La mayoría de los creadores a lo largo del tiempo así lo han sentido y lo han transladado a sus composiciones. Por eso cuando empecé a leer un librito (cuyo autor se me ha olvidado) subtitulado poemas épicos tradicionales lo que no era otra cosa que invención grotesca, no podía dar crédito a aquellos atroces versos nutridos de fanfarrias y purpurinas, poemas para la infamia y merecedores en verdad del fuego destructor, pero la irrupción de un pensamiento, de una emoción en el último momento, fatalmente, ha hecho que haya quedado indultado en homenaje a mi amigo y maestro Francisco Peralto, porque  no he querido incurrir en la bibliocastia, delito bibliográfico tipificado por él en el parágrafo 30 de su obra Sugerencias para el cuidado de nuestra egobiblioteca, (5ª edición, 2009, Revista &cétera (nº 4), Aula de letras, Universidad de Cantabria, Santander):

 No quemar ni destruir de ninguna forma los libros enemigos, desagradables, abyectos, falsos, ñoños, mal escritos o dogmáticos [cualquiera que sea su género]    (...) La destrucción intencionada de libros se denomina bibliolitia o biblioclastia, y no deberemos practicarla jamás, puesto que todo libro porta el aliento vital y espiritual, equivocado o no, del hombre que los escribió.

Siguiendo el dictamen del maestro Peralto, vaya pues por él este indulto.

Resulta interesante y significativo cómo la humanidad y la comprensión de un poeta culto y elegante (malagueño él) puede salvar la obra de un poeta garbancero y pelmazo.
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