miércoles, 7 de abril de 2010

Hoyos Performance Casilda

Puntual se ha presentado Julián Pérez en la sala de profesores del instituto de Moraleja en donde habíamos quedado, finalizando su jornada, de ahí hemos marchado a comer a Hoyos, porque a media tarde daría inicio la performance que nuestra amiga Casilda Pérez iba a ofrecer, además de una exposición de sus dibujos e ilustraciones.




Hemos dilatado la sobremesa en el restaurante de sabrosa cocina fusión y luego hemos recorrido Hoyos bajo el efluvio de la leña quemada y el picón, que, al decir de Julián es enseña de este pueblo, e infunde a las sábanas el aroma montaraz y varonil que asegura ese sueño confortador y cálido de la serranía.

Vagamente acuden imágenes y sensaciones al hilo de sus recoletas calles, a lo largo del paseo de sus calles hoy risueñas hasta desembocar en la plazoleta de la robusta iglesia, cuyo graderío evoca conciliábulo de juglares en la tarde legendaria, a la sombra del árbol milenario que resguarda todo el enclave.


La expectación creada por Casilda es mucha, para nosotros un hecho revelador el ver lleno el espacio, celebrado en el Instituto de Hoyos arropado por un fuerte aroma de incienso. Nos ha dicho que es un alegato en favor de la dignidad de la mujer contra la violencia machista.

La performance da inicio.

Hay un corro de doce sillas en donde los actores vestidos de negro que entran en escena se van sentando en torno a un paño negro con diversos objetos: incensario, pañuelos negros, nueces, rosa y cuchillo. Queda una silla vacía del corro.

Uno de los actores sentado golpea con una baqueta un bloque de madera en su base y en sus lados alternativa y rítmicamente, con lo que crea dos sonidos diferentes: grave y agudo.

Casilda (vestida de negro) entra lentamente en escena y toma del centro los pañuelos repartiéndolos entre los actores que se van vendando los ojos.

Acto seguido Casilda toma ahora las nueces y las reparte entre los actores que tras unos segundos las lanzan al centro desde sus sillas.


El actor de la baqueta golpea con mayor fuerza la base del bloque de madera que sus lados, que suenan con menor fuerza, y lo repite a lo largo de algunas acciones.

De nuevo Casilda va a al centro y toma la rosa roja que la frota deleitosamente ante las narices de los actores, que sólo por un instante pueden olerla, ya que de inmediato les aparta la flor.

Casilda deshoja en el centro la rosa y toma el cuchillo que va arrastrando por el suelo con su sonido metálico escalofriante rodeando las sillas de los actores por dentro y por fuera del corro siguiendo el sentido de las agujas del reloj, para después cesar la acción depositando el cuchillo en el centro del corro junto a los otros objetos.

Lentamente los actores se desprenden ellos mismos de las vendas en los ojos y miran al centro donde se encuentran todos los objetos y la flor deshojada, elementos que ellos ahora pueden ver, resultado de su acción ciega.

El actor deja de golpear el bloque de madera. Silencio. Fin de la performance.



Casilda se encuentra cómoda en el lenguaje ritual y simbólico de la performance, ha estudiado bien el código y lo muestra. El tiempo se encuentra desdoblado interior y exteriormente. Interiormente se muestra intensificado a través de los golpes de baqueta en dos tonos, grave y agudo simbolizando el hombre y la mujer respectivamente sobre la que el hombre pretende ejercer su predominio, de ahí la fuerza de los sonidos graves en detrimento de los agudos en un momento dado de la performance. Es el tiempo interior que queda encarnado en el círculo o corro en cuyo centro está el corazón o el alma de las personas, con todos sus recursos posibles. Igualmente la forma circular alude a un tiempo real en donde el tiempo físico va pasando (el corro alude al reloj: hay doce actores, sólo uno de ellos hombre, exceptuando al actor de la baqueta), los actores sienten determinadas acciones pero sus vendas les impiden verlas, les ciega su orgullo y sólo al final se dan cuenta del resultado que ellos han provocado indirectamente, contemplando desolados un paisaje en ruinas.

Entre los actores nuestro amigo Manuel Rubet, apacible filósofo  (andaluz pese a su apellido catalán), con el que hemos podido cambiar algunas impresiones. Aunque el sentido de la performance es clara, unos y otros hemos extraído emociones en diversos matices.

La performance referida ha tenido como marco ambiente las propias pinturas de Casilda, licenciada en Bellas Artes por la Universidad Autónoma de Madrid. Obra gráfica a color, técnica preferida de Casilda que colecciona cajas y cajas de lápices para una pintora como ella ilusionada en tener un festival cromático a mano en una experiencia orgánica con el color. Sin embargo esta muestra destaca por su sobriedad, destacando sólo tres colores: rojo, negro y azul, una tríada que sintoniza con la composición ternaria que se repite en sus dibujos, tal vez para insistir en la inestabilidad y el movimiento que parece irradiar, muy en consonancia con la pigmentación usada, esa tonalidad vaga y nebulosa del lápiz que apunta hacia una realidad lírica.

Casilda ha tenido tiempo para nosotros, Manuel, Julián y yo y hemos seguido disfrutando de la conversación y de nuestra amistad en un mesón en un día perezoso a vuelta de vacaciones, ideal para recobrar la luz con obras como la de Casilda.
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