viernes, 4 de junio de 2010

El ave turulera

Me desperezo y ya está madrugadora la algarabía pajarera en el jardín habitándolo de sones y trinos que me acompañan el resto del día como una sinfonía solar. Se reúnen en hermandad en los árboles del jardín, algazara y festejo volatinero las aves que apostrofan la mañana y que más adelante arrullan mi deliciosa siesta provincial.

Las diminutas frutas del cerezo, ardiente bermellón es una prenda codiciada de estos amiguitos como también algunas fresas que despuntan en junio, pero es una ofrenda necesaria que debemos entregar a cambio de su canto, al modo de coro goliardesco  o más bien, tuna liberal y socarrona. 

Puntual con su comentario sibilante a lo largo del día se encuentra el ave turulera, siempre con su límpido silabeo musical es, con su silbo ensimismado y teatral, algo entrometido hablando a sus expensas en sus largos soliloquios (pues nadie le devuelve el son), despidiéndonos el día, dicharachero como un trujimán, y con su aire desenfadado y optimista con creces se hace, más que bardo lírico, juglar bufo en el jardín.
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