sábado, 26 de junio de 2010

La cosecha de los albaricoques

Observo minucioso y concreto los signos del jardín, esta realidad selvática y nutricia acorralada entre tapiales. Hoy fervorosamente he recogido su pequeña cosecha de albaricoques, eternamente precaria como cada año debido no a la tierra (que es bien fecunda siempre) sino al necesario tributo con que ofrendamos a las aves musicales (entre ellas a la juglaresca ave turulera) que diariamente en coro nos saludan y nos iluminan los días. Ellas se sirven y nos dejan el resto del árbol. Las doradas pomas que son los albaricoques dejan en la boca un sabor de mañana iluminada destilada de candor infantil, condensando todo el sabor de los amaneceres veraniegos habitados del frescor de los sueños que divagan todavía entre livianas sábanas, sustancia de arabescos y poética indolencia. Son los albaricoques del jardín, nacidos del capricho de una deidad solar como fruta venerada.

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