sábado, 3 de julio de 2010

Epifanía del flan chino en Portugal

Uno de los iconos de la cultura sentimental para los chicos de nuestra generación es la cajita de un enigmático flan chino (pues creaba especial sugestión entre nosotros) cuya estética es hoy una muestra del más genuino kitsch desaparecido de las tiendas más recónditas hace ya mucho, mucho tiempo, cuando un día de pronto perdimos de vista nuestra infancia. Largos años he estado buscando estas cajitas en los colmados del Raval barcelonés, abarrote de mercaderías y festival de razas y mares entre especias aletargadas en los sacos de embarque recién llegados de tierras multicolores quemadas por el sol.

Así buscando hasta llegar a dar este producto por desaparecido, cuando, despreocupadamente, comprando con mi madre en un supermercado de nuestra vecina ciudad de Elvas (en la raya de Portugal, a quince minutos de Badajoz), oh maravilla, encontré, como abrumadora reliquia después de todos estos largos años, como grata recompensa a mi tenacidad, alineadas sobre el estante, una tanda de cajitas de ese codiciado flan chino desaparecido en España pero que en Portugal por lo visto sigue produciéndose, como extraña herencia industrial de nuestro mundo ibérico.



Modificado ligeramente su diseño este flan chino sigue conservando su aroma genuino así que me he provisto de varias cajas con que me engolosino y me regodeo gatunamente, diluyéndolo en leche con azúcar. Es difícil saborear otro batido más exquisito, porque en él disfruto de este asombroso e inesperado reencuentro con mi infancia que sólo en Portugal se revela, una tierra de promisión en donde todavía se conservan inmaculados todos los sueños que hemos ido perdiendo a lo largo del camino.
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