martes, 12 de julio de 2011

Las noches del Bristol

Bocanada de aire hispano con un aire híbrido entre frondoso mesón y festivo chiringuito, se alza este café con su terraza sobre el nivel de la calle. Rompeolas de la vida en este emporio turístico de Magaluf, este local acoge cada noche su parroquia fiel, muchos de ellos peninsulares que, al igual que yo, la resaca ha traído a esta isla haciendo de su estancia su propio exilio interior suavizado por interminables partidas de dominó en la esquina de la barra del bar hasta la hora de cierre o de sabrosa tertulia al fresco de la terraza, un tiempo refrescado por los mitos del rock and roll  como Rosendo, Miguel Ríos, U2, o Medina Azahara entre otros, que la radio desgrana con una letanía litúrgico, invocando historias pasadas, sueños e ilusiones, añorando la oportunidad perdida unos y otros, esperándola para un futuro más grato.


Se respira un cosmopolitismo castizo y natural, el Bristol auna el vino blanco de Extremadura o el aguardiente de hierbas mallorquino con una hamburguesa o un sándwich de bacon o un bocadillo de chorizo nacional, hibridación de mentalidades, gastronomía y música, la nuestra es una pequeña sociedad amparada de complicidades y de una extraña fraternidad de supervivientes, al modo de la colonia española de Tánger o el Barrio Latino de París, en cuyo seno convive el variopinto personal español con los diversos turistas sobre todo alemanes e ingleses, muchos de ellos venidos al olor del pool (el billar) que en un ángulo oscuro reposa respirando calmosamente como un animal pacífico, escenario de partidas de snooker, o también esta población hospedada se dedica a mirar en la televisión el combate de boxeo de la velada de los sábados, de gran aceptación entre los británicos, al igual que las partidas de tenis, que los nacionales seguimos con igual atención.

El Bristol es un cálido puerto en donde fondeo cada noche para escuchar las historias de todos aquellos marinos de la vida confundidos en este emporio turístico, tomar un vino y leer el diario. Este café, embutido como rara avis entre la asepsia y la frivolidad, conserva la huella imborrable de una cultura y de unos hombres que luchan por la vida siempre con la mar en contra, haciendo historia a brazo partido. El Bristol es la misma historia que el mar desvela en su oleaje a quien quiera oírla.
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