jueves, 22 de septiembre de 2011

El Valladolid herreriano y castizo de Eduardo Fraile






Vibrantes las calles, se arraciman las gentes en las avenidas y hay un bullir constante de verbena y fiesta muy colorido vibrando en Valladolid. Allí me encuentro con Eduardo Fraile siempre amigo cordial y bonancible, infundido de la armonía y placidez del hombre que se vive a través del arte y la poesía como alimento necesario y vital.

Ha estrenado un poemario recientemente, Y de mí sé decir (Tasonville, Valladolid, 2011), donde evoca la infancia como paraíso perdido (habitual en él) ahora desde una visión telúrica y reflexiva nueva a través de unos poemas cotidianos de los que se extraen como perlas las metáforas y la música de las barriadas, una cadencia viva y menestral, que acompañan las ilustraciones naïfs de Bulgarcita confeccionadas en collage textil que acentúan el carácter elegíaco de los versos.

Eduardo me descubre otro nuevo horizonte invitándome a almorzar en el Mesón Taurino de la ciudad, de recia y varonil hospitalidad en su atmósfera, pero de suculenta cocina que degustamos en la terraza del local, rodeados de galerías acristaladas de casonas modernistas y las sazonadas coplas de las vecinas.





Visito la Casa Museo de José Zorrilla, algo escasa documentalmente, pese a exponerse ahora unos papeles inéditos de su escritorio. Esta es la casa del poeta romántico en donde se le apareció su abuela ya fallecida y que según se cuenta, todavía hoy vaga su fantasma por sus muros, muy a propósito en el entorno gótico de la ciudad.



En la tarde hago una visita voluntariamente obligatoria al Museo Herreriano en donde hay una muestra retrospectiva del Grupo Simancas (operativo en torno a los 70 y 80) muy vinculado a la literatura gracias a su sentido funcional de la disciplina artística según la cual, Domingo Criado y sobre todo Francisco Sabadell realizan preciosos grabados y ediciones que constituyen libros-objeto junto a Justo Alejo, por ejemplo, puntal de la poesía experimental castellana junto a Francisco Pino, con quien también trabajaría aquel artista. Una mentalidad que me ha recordado el espíritu del grupo Artesa de Burgos, comandado por el amigo Antonio L. Bouza, también durante aquellos años.



Alimentado de poesía, arte y encanto de un Valladolid azul,   castizo y herreriano me retiro siguiendo el paseo mesetario que en mí ya es salutífero hábito al reencuentro de tan buenos amigos y al hallazgo de tan buenos manjares terrenales, mitos y leyendas sustanciado todo en el exquisito vino de estos pagos.





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