domingo, 12 de agosto de 2012

La bohemia del barrio de Calatrava




Sólo puede llegarse al barrio de Calatrava en un calmoso paseo sin rumbo porque, como sin quererlo, hemos llegado allí siguiendo la contenida emoción de un nuevo horizonte que se descifrara ante nuestros pasos en una mañana de luz lisonjera.


El barrio de Calatrava forma un dédalo risueño de callejones dentro de una zona intramuros situado en cuña entre la portada trasera de la Catedral y el viejo muelle al que se accede a través de un portillo de la muralla de Palma.

Barrio muy popular y castizo de calles recoletas y pulcras, aunque algo vetustas, las diversas plazuelas al modo de corrales de comedias abren la estrecha perspectiva en un vuelo alucinado que remata una antigua veleta o la espadaña de algún convento.

El barrio de Calatrava está detenido en el tiempo en una espesa laguna de silencio dentro de la ciudad como un anillo concéntrico de la historia que ha naufragado. Nada disloca su serena fluencia en una historia silenciosa llena de tradiciones. ¿Nada? Bueno, sí que hay algo.

El barrio de la Calatrava irradia una prolongada actividad cultural desde siempre. Aquí vivía y tenía su imprenta (y su casa) el editor Luis Ripoll desde los años 40 del siglo XX. En lo que antaño fueran sus talleres se encuentra hoy el Centro Cultural Alcover en honor a la imprenta del mismo nombre, donde, como el humanista, esta institución apuesta sólidamente por el fomento y la acción cultural de la tierra balear. Algo más allá se encontraba, en la Torre del Amor, al pairo de la imprenta, la editorial Moll y frente a esta “torre” (que no es otra cosa que un hacendoso corral de vecinos) se encuentra el empingorotado teatro municipal Xesc Forteza.




El meditabundo silencio ha hecho que allí precisamente por eso se construyera el Seminario de la Sapiença con su palacio arzobispal y solemne biblioteca. Más allá aparece la iglesia de Santa Clara, auténtico mito por cuanto todos han oído hablar de esta iglesia, pero apenas nadie ha llegado nunca (ni siquiera los mallorquines) perdida en un recodo de este laberinto de calles () junto a su discreto convento, donde venden dulces las monjas.




Frente a estas entidades piadosas que marcan el culto religioso, han brotado también en estas calles, propiamente goliardescos y rebeldes, como flores silvestres de un vitalismo pertinaz y pagano, diversos talleres de artistas plásticos que ponen una nota desenfadada y libertaria al barrio. Esta es la zona de los artistas, poetas y otras hierbas cuya actividad es el vibrante bracear en las fuentes de la vida desde diversas disciplinas. Pintores y escultores los más, pero también tiene allí su sede un conocido grupo británico de rockandroll y se puede ver incluso el estudio de un mago o la barraca de un titiritero que allí ha echado raíces.



El barrio de Calatrava supone un territorio disyuntivo (como una isleta dentro de la ciudad) en donde conviven armónicamente lo folklórico en su inmovilismo de parroquia y la nota festiva y progresista de una bohemia artística silenciosa como el mismo barrio, casi gremial, porque apenas hay cafés donde divagar y mezclarse, un barrio cuyas calles con pequeñas tiendas, despuntan gozosas las flores y la gente se pasea sin prisa, un espacio detenido en el tiempo, donde cada día es una fiesta del sol y un canto a la libertad.

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