domingo, 19 de agosto de 2012

Los almendros de Alaró



Los campos de Alaró se desparraman en un horizonte de almendros al tresbolillo en los que el sol se cuela entre los flecos de las ramas y restalla en su sarmentosa corteza oscura. Son los mismos campos que en febrero rebosan de flores blancas, los mismos que pintara Santiago Rusiñol creando una serena y apacible sinfonía de colores, solo que nos encontramos en pleno verano, bajo un sol insistente y lacerante que la naturaleza del almendro resiste buenamente,  así como también resiste esta fuerte temperatura sin mayores problemas la naturaleza meridional-extremeña del  propio cronista que esto escribe.


Avanzo por un caminillo en mitad de aseados campos de almendro, del que a ratos me aparto para sentir el placer de caminar quebrando los terrones ensolecidos de los sembrados, hollando la fértil tierra de estas dehesas insulares, descubriendo matorrales y árboles legendarios en cuya sombra resguardarse, al recodo del camino, que se desliza como una culebra adentrándose en el monte inhóspito rematado por el castillo de Alaró, altivo centinela, onírico casi en el azul épico de la cumbre.

Me encuentro a unos 10 kilómetros de aquel monte pelado que apuntala el castillo, en plena llanura. Por mi parte sería una temeridad dirigirme allí y encaramarse a campo traviesa en su cúspide bajo este sol cegador que cuece hasta las ideas. Sencillamente, me deshidrataría en el camino y mi objetivo es disfrutar de este paseo y seguir viviendo para contarlo.



Sale al paso en el camino una casa de labor y puedo oír entre los emparrados a algún que otro labrador canturreando mientras cuida la tierra, acompasados por el ritmo de la xapeta (escardillo) que remueve la tierra seca.

Estos almendros son una clara insignia mallorquina de cierta poesía decimonónica hoy en desuso, rimbombante y algo naïve, producto de los juegos florales ya en desuso, de poetas bucólicos y ruiseñores cansinos que serían parodiados sin piedad por Llorenç Villalonga en alguna de sus novelas (por ejemplo: la remilgada poetisa Ayna Cohen de Mort de dama, trasunto hiperbólico tal vez de ¿María Antonia Salvá?). Me gustaría ver ahora a todos esos poetas de verbena y ateneo paseando entre estos campos de almendros bajo este mismo sol plomizo, inmisericorde a media mañana, acompañado por la pesada, eléctrica letanía de la cigarra como única compañía y respirando el polvo de los caminos y secarrales que conducen hasta aquí.

Aún queda un largo ciclo para recoger el fruto, y esta parte del año, el verano, es la más estática por lo seca. Pero necesaria, al fin y al cabo. Cuánta paciencia hace falta para recoger el dorado y adorado fruto del almendro. Toda una temporada de sol tórrido y las lluvias del otoño harán restallar luego en febrero todas las flores albas de los almendros, para finalmente granar en el fruto de la almendra, y recogida la cosecha, llenar de fiesta y alegría los pueblos mallorquines  como  Alaró en el entrañable y bonancible reposo del trabajo bien hecho.

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