domingo, 26 de agosto de 2012

Los jueves de Inca

Alborozada feria ponen una nota de agitación, jolgorio, nervio y negocio cada jueves en las calles de Inca. No estamos en Sevilla con su tradicional mercado del jueves, sino en el llano de Baleares. Esta feria inquense del jueves (que se remonta al siglo XIII) es el músculo de esta ciudad,precisamente la fiesta grande se denomina es dijous bó (el jueves bueno/grande) e incluso el único periódico local (un semanario) se titula así: Dijous.


La feria discurre a lo largo de los amplios paseos de la ciudad antigua, en la que aparecen cafeterías de gran sabor popular de estética encantadoramente vintage (años 60-70) más bien tabernillas de recios parroquianos, siendo algunas de ellas trasunto de las palmenses, como si estas de Inca fueran una delegación de los bares de la Ciudad.

Mi paseo por estas calles se basa en un auténtica deriva psicogeográfica, al modo de los detournements paisajísticos de aquellos situacionistas parisinos de finales de los 60, una ruta al albur de las emociones, basada en diversos centros energéticos que conforman todos ellos una cartografía emocional y mágica con un sentido intrínseco, debido al cual, seguramente, desemboco en la plaza mayor del pueblo en donde contemplo la iglesia de Inca, Santa María La Mayor, con trazas de fortaleza (una arquitectura muy del uso de la isla tanto en el interior como en la costa), que cuenta con una talla de Santa María, por Joan Daurer, de mediados del siglo XIV, aparte de obras góticas y barrocas.



Inca es ciudad famosa por sus galletas, en realidad, diminutos panecillos tostados o no, del que muy probablemente se aprovisionaran antaño para las travesías marítimas, en el argot marinero, galleta (o bizcocho) no es un dulce sino una especie de pan, y de ahí ha quedado la acepción, por eso no es de sorprenderse si esas galletas son saladas.

También son famosas las sopas de Inca, variante de las sollerenses, sin embargo, como mi estómago no estaba por la labor de tomar galletas, mucho menos lo estaba para sopas de ninguna especie. Me sentía atraído por el barullo del mercado y la feria, sintiéndola tan familiar y cercana en mi vida.



Aparte de la remembranza biográfica, siento además en la animación provinciana esa atmósfera mestiza de los pueblos del Alentejo portugués, acentuada por los amplios vanos de los muros, ese sedimento de gentes que dejan las concurridas calles y el rumor de las gentes en este escenario colorista de culturas diversas.



Así es Inca, mezcla en el casticismo de un pueblo del llano, agitación y dinamismo derivado del mercado de unas gentes siempre activas con la mente encendida, la mentalidad abierta de la industria y el intercambio en una urbe inquieta y a la vez de grato sabor tradicional.

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