lunes, 17 de septiembre de 2012

Valldemossa, la sierra con puerto de mar

La isla de Mallorca debe ser entendida como una superposición de diversas realidades concéntricas o secantes que conforman un conjunto orgánico que arborece continuamente vertebrando elementos en torno a diversos ejes, como si fuese un gigantesco e imprevisible caleidoscopio. De esta manera, podemos sentir paisajes familiares o soñar con otros nuevos, o vivirnos a través de ciudades y horizontes diversos sin salir de la isla.




Todo es posible aquí, por lo que hacer congeniar el calmoso mediterráneo con el bravío cantábrico cobra aquí carta de naturaleza propia como si tal cosa. Me refiero al puerto de Valldemosa, donde nos parece estar en las tierras astures de Luarca o de Cudillero, tal aire de familia tienen entre ellos en ambiente y entorno. Sin embargo, el puerto de Valldemossa, tras el descenso por la cinta de carretera que retorciéndose obsesiva bordea los acantilados, casi ni se distingue entre los peñones colosales y los desfiladeros vertiginosos que llevan a él y le dan cobijo, es un portalito diminuto a la orilla del mar, recogido y entrañable, a solo un trecho no largo de la cartuja de Valldemosa, de acuerdo al sorprendido testimonio de George Sand en Un invierno en Mallorca, cuando Perica, la payesita (el único ser amigable y cordial, nos dice, que encontró en toda su estancia en Mallorca, evocación del bon sauvage mire usted por dónde), jugando con los dos niños de la escritora, les enseña un atajo desde la alta sierra (donde estaba la cartuja desamortizada donde vivían) al mar, directamente tras un peñón, de golpe y porrazo. No hemos podido situar concretamente este peñón, tal vez la Sand se refiriera al barranco atroz que precede al puerto (y origina una violenta cascada en temporada de lluvias), no importa, lo que nos interesa es que este dato no hace sino confirmar nuestra hipótesis de los contrastes complementarios de simétrica divergencia, propias de la isla de Mallorca.



Apenas unas casas de pescadores, entre las que hay algún chalet y un café rodean el puerto encastrado entre colosales peñas que oscurecen al sol y desfiladeros de espanto. A pie del mar, el agua bate insidiosa al compás de un viento inquietante y húmedo. Está bravo el mar y las barcas están varadas en seco en la rampa del puerto, durmiendo de su merecido descanso. Aún quedan bañistas en el margen pedregoso de una escueta cala. Es el ocaso y contemplamos los últimos rayos del sol, que agota su función un día más dejando caer lentamente un telón de caramelo licuado, dejándonos un sinsabor de despedidas ante la infinita llanura metálica y obsesiva del mar, un organismo que irradia su misterio en un latido magnético de eternidad.

  (Este apunte ha podido ser ilustrado gracias a las fotografías cedidas cortésmente por Joaquín María González Cabezón)
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