martes, 22 de enero de 2013

Ícaro & Co. La utopía deshecha de Eduardo Fraile





Eduardo Fraile nos ha traído de su granero literario, cual espigas de luz, honrándome en su amistad con pajarera y luminosa (cálida) dedicatoria, sus nuevos poemas, Ícaro & Co, en cuidada edición de los madrileños Libros del Aire, dentro de su colección Jardín Cerrado, culminando el año 2012 con el número 5 correspondiente a este poemario.


El autobiografismo es una presencia constante en la poesía de Eduardo, fundamentada en la evocación. La evocación del paraíso perdido, completamente necesaria para entender el mundo y entenderse él mismo en su esencia emocional y humana.

Su propia vida, así, se hace materia literaria en un lenguaje cotidiano y accesible (como señala en sabroso prólogo José Manuel Suárez) donde predomina el tono conversacional porque Eduardo necesita justificarse desde la propia experiencia, que de esta manera se actualiza, creando confluencias temporales en un fluir permanente que suele estar fijado en unas coordenadas espaciales concretas adheridas a la vida de Eduardo: Madrid, su ciudad de nacimiento, y Valladolid, su ciudad de adopción, con sus pueblitos rurales, en especial Castrodeza, la mágica y entrañable casa familiar.


La poesía de Eduardo Fraile parte de su propia experiencia como decimos, para crear (mejor dicho: re-crear) estampas de su propia vida y así nos encontramos con deliciosas estampas alusivas a la familia: la presencia/ausencia del padre a través de objetos que nos remiten a diversos episodios, las travesuras con su hermano, mientras que otras estampas nos remiten a episodios costumbristas como la figura del panadero del pueblo, el transportista, el chocolatero y también oscuros personajes entrevistos durante la adolescencia del autor. Un largo etcétera lleno de vida que va desgranándose en migajas por las calles de Valladolid, cada plaza, cada rincón explicado poéticamente en nuestros paseos llenos de su honda y entrañable amistad, tomando vino a la sombra de sus herrerianos edificios o en aquellos cafés que luego salen en sus poemas.

Todas estas estampas, en definitiva, están apuntando a ese paraíso del que el poeta se siente expulsado. Esta es la poética que subyace en toda la obra de Eduardo Fraile, de quien descubrimos en cada nuevo libro un timbre nuevo como un nuevo venero de luz en su voz ya conformada.

En esta ocasión, en Ícaro & Co, el poeta nos habla sobre la formación de la utopía y su desencanto a través de las semblanzas autobiográficas de la infancia y la juventud entendidas aquí como campo de vuelo libre gracias a las alas del sueño y la ilusión, de ahí la referencia al mito de Ícaro en el título (personaje, recordemos, que en su aproximación al sol, derritió las alas que lo mantenían en el aire, muriendo en el mar), pasaje que efectivamente, el poeta re-crea en las páginas de este libro:

A veces he pensado qué hizo Dédalo
cuando Ícaro cayó.

(…)

¿Qué hizo Dédalo
cuando Ícaro cayó
en esa porción del mar que hoy conocemos como mar de Icaria?.
¿Cómo pudo
seguir? ¿Qué fuerza sobrehumana
le llevó sobre su propio llanto hacia Sicilia?.
A veces he pensado que Dédalo cayó
también, intentando salvarle,que se lanzó en picado
sin dudar. ¿De qué vale vivir
si perdemos a quienes amamos?. Es posible
que Dédalo arribara a las costas de Sicilia, pero ya no era él
quien se quitó las alas
en la playa, quien erigió un templo donde las colgó
como un ex-voto, en signo de agradecimiento
pero también de adiós,
y como quien recuerda,
allá lejos, la vida …

                                          (El final, página 28)


Ícaro o la utopía como sentido central del libro. Pero Eduardo no se olvida de de la compañía a la que irónicamente alude el título en jerga comercial (& Co.). La compañía se refiere a Dédalo, el cronista sufriente de la experiencia, y cronista va a sentirse el poeta también, sentando testimonio de toda la vida que se fue en torno

Las tardes van siendo más cortas
de luz, pero más largas
de soledad. El otoño comienza. Hoy
es 20 de septiembre de 2007.
Hoy, lo escribo en la pizarra como mi primera maestra,
es, así, con letra de cuaderno de caligrafía,
niños, que os veo, 20
de septiembre (treinta días trae noviembre
con abril, junio y septiembre) de Dos mil
siete. Mi hermano
murió ayer hizo un año. Un tren
se lo llevó. Las tardes
van siendo más …



                                                (página 41)


O también cronista en esta agridulce estampa celebratoria de una amistad juvenil:


Aquel verano de vértigo interior y de conquista,
además de algunos nombres femeninos lleva impreso,
como un sello indeleble, el del Lobo: Luis Ignacio
Sáez. Íbamos juntos todos los domingos y fiestas de guardar
en su 600 rojo a Rioseco
desde Castrodeza. Y luego, en la alta noche,
regresábamos haciendo eses por la carretera de La Espina
y Castromonte (afortunadamente sólo transitada
por algunos conejos, que se quedaban deslumbrados
por los faros y nuestra genialidad). Aquellas chicas
(que nos hicieron felices y nos hicieron daño)
pasaron. Pasó el viento devastador de nuestra juventud.
El Lobo tomó un tren, como mi hermano, como Pedro
Casariego. Que el peso de la eternidad
les sea leve. Tanto al ir como al volver
cantábamos (Sinatra, Aute, ¡incluso Julio Iglesias!),
y no lo hacíamos mal. Hoy, esta noche
no me confortan los besos, las caricias
de que fui objeto aquellos días ...pero pienso en el Lobo
y en mí cantando a pleno pulmón, con las ventanillas abiertas
para despejarnos My Way, y todo cobra sentido
de nuevo. El oro, la arena de la eternidad
deslizándose entre nuestros dedos, las palabras
que se quedaron para siempre
de este lado, y sé que nada, inclusive el dolor, su muerte absurda,
fue en vano, desprovista de belleza o inútil.
De lo que aquí doy fe.

                                                                                    (El lobo, página 59)
Eduardo Fraile ha radiografiado en este poemario el desencanto de la utopía en donde todos somos Ícaros y Dédalos, quien se va y quien se queda sobreviviendo a la tragedia de vivirse aceptada sin embargo con un admirable y aplomado estoicismo.

Ante esta realidad, al poeta, al artista, tras la desazón de la caída de sus ídolos en el mar (Don Quijote caería en la arena de la playa) no le queda otra alternativa que destilar su mundo en sus poemas para que, al igual que un náufrago, los lance a ese mismo mar donde sucumbieron todos sus sueños, en espera de que otro Ícaro/Dédalo recoja el testimonio de vida para nutrirse en la experiencia común.

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