domingo, 13 de enero de 2013

Una ráfaga eslava de música


Estos primeros días de año los estoy ocupando, entre otras tareas, en recopilar apuntes para una futura publicación, de modo que el concierto de abono que el pasado día12 se celebró en el Pabellón Central de la Feria organizado por las Juventudes Musicales de Zafra  era una excelente coartada para darme una reconfortante tregua en la noche invernal e inconcreta del sábado: un concierto ofrecido por el cuarteto de cuerda Herold.

Debido al cansancio, prolongué la siesta más de lo debido y llegué al filo de la hora concertada: las ocho de la tarde, sé que no valen de nada las excusas, pero esa es la verdad.



Un concierto de cámara es muy parecido a una misa: se debe respetar el silencio, así que entré en la sala cuando el cuarteto se preparaba a ejecutar el segundo movimiento de la primera pieza del concierto, el cuarteto para cuerdas en Mi bemol mayor, opus 33 de Haydn, al que siguió la “Americana” de Dvorak (Cuarteto para cuerdas en Fa Mayor, opus 96) con la que se llegó al descanso, tras el cual se acometió el quinteto para cuerdas en Do mayor opus 163 de Schubert.

El cuarteto de cuerda Herold (bautizado así en homenaje al violinista y compositor Jiri Herold), procede de la República Checa y está formado por Zdhival (primer violín), Jan Valta (segundo violín), Karen Üntermüller (viola) y David Havelik (violonchelo). Han recibido galardones en certámenes de su país y han realizado giras por Inglaterra, Alemania, Austria, Suiza, y Japón entre otros países.

Se nota la predilección en el repertorio de estos jóvenes músicos (jóvenes de mi edad) por los compositores magiares, eslavos y centroeuropeos, muchos llenos de esa languidez cercana a los zíngaros, que el romanticismo musical tomaría para sus obras en Alemania o Rusia. Conjunto muy bien compenetrado que proyecta una técnica de gran vivacidad (muy orgánica dentro de la precisión), con simpáticos gestos a su público, este cuarteto nos entusiasmó durante algo más de dos horas de concierto que, la verdad, se nos hizo muy corto.

Se encendieron las luces de la sala y nuestros oídos estaban impregnados de los violines de fuego del cuarteto. Sentadas unas butacas más allá, pasaron ante mí dos muchachas con serena jovialidad en su etérea sonrisa de ideal fugitivo.

Me di cuenta enseguida. Eran, ciertamente las generosas musas que el artista siempre reconoce tras el destello de su inspiración. Discretas y bellas como la música, estas musas queriendo pasar inadvertidas, se paseaban de incógnito, ajenas a la poesía que dejaban a su paso (aroma floral y pleno en la noche) entre el silencio inflamado que dejó la música.
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