domingo, 12 de enero de 2014

Atalaya de claridades en Sevilla. Tertulia mañanera con Pablo del Barco





Foto: Leyendas de Sevilla



La calle Feria vive en el fulgor de los naranjos una eterna verbena presidida por el viejo mercado a cuya sombra canta algún gitano una copla aguardentosa, alegría y tristeza, una calle donde fermenta la vida en un arrebujado rumor de gentes, como tan bien reflejó en su canción la mítica Triana.

Hoy la calle Feria, es un larguísimo cordón menestral que recorre Sevilla arracimando mercaderías de los más varios pelajes, sede del tradicional Jueves, tiendas galdosianas y  librerías de viejo en una serpentina azarosa por donde pululan a primera mañana traperos, comisionistas sin comisión y estudiantes golfos.

Me he anticipado a la hora convenida de nuestro encuentro y aprovecho la espera para entrar en la iglesia del Omnium Sanctorum (el cuartel general de los santos), rústica basílica de un gótico arcaico donde el ladrillo traza esbeltos arcos de aire morisco soñando poliedros en su eternidad. 





Al salir, Pablo del Barco y yo nos encontramos en el camino al café donde hemos quedado para desayunar. En su calidad de pintor y poeta le comento mi visita a la basílica pero me revela que en los 40 años que lleva en Sevilla ha pisado pocas iglesias, coherente, supongo, con su espíritu pagano que en más de una ocasión le ha ocasionado algún que otro escándalo público.

Foto: Nivagua


Tras desayunar, vamos visitando los mercachifles de libros que hay por el barrio, engolosinándose Pablo con los libros que va viendo a su paso. Su bibliofilia es clásica en él con un criterio bastante heterogéneo y libre de todo prejuicio. Tiene la eficaz y hábil inteligencia de cultivar y aunar en sí mismos el kitsch, la contracultura y lo retro como un trofeo silvestre del barrio.


Pablo del Barco vive en su retiro dorado tras su etapa de profesor universitario. Prosigue su labor artística (nunca interrumpida) gracias a su galería, la mítica Factoría del Barco (donde le fotografío), a su vez editorial, en donde acaba de lanzar su último poemario Desnudar la mácula (Factoría del Barco, Sevilla, 2013) , diario de sus divagaciones andariegas por la ciudad, poesía cotidiana cuyos motivos son pretexto para las más diversas elucubraciones existenciales desde el yo poético, que ya hemos reseñado comocorresponde en Giroscopio.



La pintura de Pablo del Barco es gestual, luminosa, vivaracha y pajarera expresando bastante del ánimo lúdico que subyace en su recio espíritu burgalés, que le hace seguir madrugando a la misma hora todos los días del año, pudiendo haberse quedado en poeta camastrón.

Estos días se encuentra gestionando El color peregrino, una exposición colectiva donde se encuentra Pablo junto a otros cinco pintores (Javier Fito, Ana Márquez, L'Auro L. Pizarro, Revilla XII y Tafia), cuyo tema es el Camino de Santiago que ya inició su andadura en la galería del Barco prosiguiendo en Écija, Guadalcanal para dar el salto a Burgos y en este año 14 se espera una serie de ciudades aún por determinar.

Pablo del Barco, burgalés transterrado en Sevilla, pintor, poeta y crítico tiene la mirada precisa y necesaria para mancharse de luz los ojos en la mañana y cosechar el canto de los gorriones en un carrusel de colores de una verbena llena de confeti y guirnalda. Pablo del Barco es el poeta visionario y jocoso que respira entrañable el aroma del barrio entregado a una vida barroquizante de poesía y pintura en pos de la utopía. Rosa y látigo, su voz (rebelde siempre) nos ampara.
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