jueves, 31 de enero de 2013

Gangsterismo o filosofía

Terrible sentencia grabada a fuego en la conciencia, parece no quedar ni un resquicio a la alternativa de ser (o de no ser, that is the question). No hay más camino que recorrer en este mostrenco gangsterismo de barrio que plegarse incondicionalmente a sus propuestas. Pero así, vertida en palabras, esta violenta consigna patriotera: ¿es afirmación exaltada de un poeta noctámbulo, deseo o más bien duda persistente de un filósofo abrumado de existencialismo?. ¿Alguien sabría decir qué plantea esta frase? ¿cuál es el significado de esas palabras?.

martes, 22 de enero de 2013

Ícaro & Co. La utopía deshecha de Eduardo Fraile





Eduardo Fraile nos ha traído de su granero literario, cual espigas de luz, honrándome en su amistad con pajarera y luminosa (cálida) dedicatoria, sus nuevos poemas, Ícaro & Co, en cuidada edición de los madrileños Libros del Aire, dentro de su colección Jardín Cerrado, culminando el año 2012 con el número 5 correspondiente a este poemario.


El autobiografismo es una presencia constante en la poesía de Eduardo, fundamentada en la evocación. La evocación del paraíso perdido, completamente necesaria para entender el mundo y entenderse él mismo en su esencia emocional y humana.

Su propia vida, así, se hace materia literaria en un lenguaje cotidiano y accesible (como señala en sabroso prólogo José Manuel Suárez) donde predomina el tono conversacional porque Eduardo necesita justificarse desde la propia experiencia, que de esta manera se actualiza, creando confluencias temporales en un fluir permanente que suele estar fijado en unas coordenadas espaciales concretas adheridas a la vida de Eduardo: Madrid, su ciudad de nacimiento, y Valladolid, su ciudad de adopción, con sus pueblitos rurales, en especial Castrodeza, la mágica y entrañable casa familiar.


La poesía de Eduardo Fraile parte de su propia experiencia como decimos, para crear (mejor dicho: re-crear) estampas de su propia vida y así nos encontramos con deliciosas estampas alusivas a la familia: la presencia/ausencia del padre a través de objetos que nos remiten a diversos episodios, las travesuras con su hermano, mientras que otras estampas nos remiten a episodios costumbristas como la figura del panadero del pueblo, el transportista, el chocolatero y también oscuros personajes entrevistos durante la adolescencia del autor. Un largo etcétera lleno de vida que va desgranándose en migajas por las calles de Valladolid, cada plaza, cada rincón explicado poéticamente en nuestros paseos llenos de su honda y entrañable amistad, tomando vino a la sombra de sus herrerianos edificios o en aquellos cafés que luego salen en sus poemas.

Todas estas estampas, en definitiva, están apuntando a ese paraíso del que el poeta se siente expulsado. Esta es la poética que subyace en toda la obra de Eduardo Fraile, de quien descubrimos en cada nuevo libro un timbre nuevo como un nuevo venero de luz en su voz ya conformada.

En esta ocasión, en Ícaro & Co, el poeta nos habla sobre la formación de la utopía y su desencanto a través de las semblanzas autobiográficas de la infancia y la juventud entendidas aquí como campo de vuelo libre gracias a las alas del sueño y la ilusión, de ahí la referencia al mito de Ícaro en el título (personaje, recordemos, que en su aproximación al sol, derritió las alas que lo mantenían en el aire, muriendo en el mar), pasaje que efectivamente, el poeta re-crea en las páginas de este libro:

A veces he pensado qué hizo Dédalo
cuando Ícaro cayó.

(…)

¿Qué hizo Dédalo
cuando Ícaro cayó
en esa porción del mar que hoy conocemos como mar de Icaria?.
¿Cómo pudo
seguir? ¿Qué fuerza sobrehumana
le llevó sobre su propio llanto hacia Sicilia?.
A veces he pensado que Dédalo cayó
también, intentando salvarle,que se lanzó en picado
sin dudar. ¿De qué vale vivir
si perdemos a quienes amamos?. Es posible
que Dédalo arribara a las costas de Sicilia, pero ya no era él
quien se quitó las alas
en la playa, quien erigió un templo donde las colgó
como un ex-voto, en signo de agradecimiento
pero también de adiós,
y como quien recuerda,
allá lejos, la vida …

                                          (El final, página 28)


Ícaro o la utopía como sentido central del libro. Pero Eduardo no se olvida de de la compañía a la que irónicamente alude el título en jerga comercial (& Co.). La compañía se refiere a Dédalo, el cronista sufriente de la experiencia, y cronista va a sentirse el poeta también, sentando testimonio de toda la vida que se fue en torno

Las tardes van siendo más cortas
de luz, pero más largas
de soledad. El otoño comienza. Hoy
es 20 de septiembre de 2007.
Hoy, lo escribo en la pizarra como mi primera maestra,
es, así, con letra de cuaderno de caligrafía,
niños, que os veo, 20
de septiembre (treinta días trae noviembre
con abril, junio y septiembre) de Dos mil
siete. Mi hermano
murió ayer hizo un año. Un tren
se lo llevó. Las tardes
van siendo más …



                                                (página 41)


O también cronista en esta agridulce estampa celebratoria de una amistad juvenil:


Aquel verano de vértigo interior y de conquista,
además de algunos nombres femeninos lleva impreso,
como un sello indeleble, el del Lobo: Luis Ignacio
Sáez. Íbamos juntos todos los domingos y fiestas de guardar
en su 600 rojo a Rioseco
desde Castrodeza. Y luego, en la alta noche,
regresábamos haciendo eses por la carretera de La Espina
y Castromonte (afortunadamente sólo transitada
por algunos conejos, que se quedaban deslumbrados
por los faros y nuestra genialidad). Aquellas chicas
(que nos hicieron felices y nos hicieron daño)
pasaron. Pasó el viento devastador de nuestra juventud.
El Lobo tomó un tren, como mi hermano, como Pedro
Casariego. Que el peso de la eternidad
les sea leve. Tanto al ir como al volver
cantábamos (Sinatra, Aute, ¡incluso Julio Iglesias!),
y no lo hacíamos mal. Hoy, esta noche
no me confortan los besos, las caricias
de que fui objeto aquellos días ...pero pienso en el Lobo
y en mí cantando a pleno pulmón, con las ventanillas abiertas
para despejarnos My Way, y todo cobra sentido
de nuevo. El oro, la arena de la eternidad
deslizándose entre nuestros dedos, las palabras
que se quedaron para siempre
de este lado, y sé que nada, inclusive el dolor, su muerte absurda,
fue en vano, desprovista de belleza o inútil.
De lo que aquí doy fe.

                                                                                    (El lobo, página 59)
Eduardo Fraile ha radiografiado en este poemario el desencanto de la utopía en donde todos somos Ícaros y Dédalos, quien se va y quien se queda sobreviviendo a la tragedia de vivirse aceptada sin embargo con un admirable y aplomado estoicismo.

Ante esta realidad, al poeta, al artista, tras la desazón de la caída de sus ídolos en el mar (Don Quijote caería en la arena de la playa) no le queda otra alternativa que destilar su mundo en sus poemas para que, al igual que un náufrago, los lance a ese mismo mar donde sucumbieron todos sus sueños, en espera de que otro Ícaro/Dédalo recoja el testimonio de vida para nutrirse en la experiencia común.

miércoles, 16 de enero de 2013

La fórmula de la felicidad




Identificar y racionalizar la biología de las emociones es una aspiración lejana que la neurociencia lentamente y con dificultad va esclareciendo formando un aproximado vademécum donde intentan obtener algunas respuestas como por ejemplo que el amor se limita a una serie de reacciones químicas o que la tranquilidad de conciencia depende de un adecuado proceso digestivo.

Ahora un anónimo científico (cuya modestia sólo es  comparable a su excelso conocimiento)  ha puesto  su sabiduría a disposición de la comunidad publicando sobre la superficie de una tapia la fórmula que conduce hacia la dicha suprema, sintetizándola en una frase sublime que es toda una metáfora o epílogo  maravilloso: sé feliz.

Desconocía tanta belleza en las teorías de un biólogo. Por el silogismo y la sentenciosidad que emana de la fórmula debe de ser más bien un filósofo. O lo que es más probable, simple y llanamente, en toda la extensión del término, un poeta.

domingo, 13 de enero de 2013

Una ráfaga eslava de música


Estos primeros días de año los estoy ocupando, entre otras tareas, en recopilar apuntes para una futura publicación, de modo que el concierto de abono que el pasado día12 se celebró en el Pabellón Central de la Feria organizado por las Juventudes Musicales de Zafra  era una excelente coartada para darme una reconfortante tregua en la noche invernal e inconcreta del sábado: un concierto ofrecido por el cuarteto de cuerda Herold.

Debido al cansancio, prolongué la siesta más de lo debido y llegué al filo de la hora concertada: las ocho de la tarde, sé que no valen de nada las excusas, pero esa es la verdad.



Un concierto de cámara es muy parecido a una misa: se debe respetar el silencio, así que entré en la sala cuando el cuarteto se preparaba a ejecutar el segundo movimiento de la primera pieza del concierto, el cuarteto para cuerdas en Mi bemol mayor, opus 33 de Haydn, al que siguió la “Americana” de Dvorak (Cuarteto para cuerdas en Fa Mayor, opus 96) con la que se llegó al descanso, tras el cual se acometió el quinteto para cuerdas en Do mayor opus 163 de Schubert.

El cuarteto de cuerda Herold (bautizado así en homenaje al violinista y compositor Jiri Herold), procede de la República Checa y está formado por Zdhival (primer violín), Jan Valta (segundo violín), Karen Üntermüller (viola) y David Havelik (violonchelo). Han recibido galardones en certámenes de su país y han realizado giras por Inglaterra, Alemania, Austria, Suiza, y Japón entre otros países.

Se nota la predilección en el repertorio de estos jóvenes músicos (jóvenes de mi edad) por los compositores magiares, eslavos y centroeuropeos, muchos llenos de esa languidez cercana a los zíngaros, que el romanticismo musical tomaría para sus obras en Alemania o Rusia. Conjunto muy bien compenetrado que proyecta una técnica de gran vivacidad (muy orgánica dentro de la precisión), con simpáticos gestos a su público, este cuarteto nos entusiasmó durante algo más de dos horas de concierto que, la verdad, se nos hizo muy corto.

Se encendieron las luces de la sala y nuestros oídos estaban impregnados de los violines de fuego del cuarteto. Sentadas unas butacas más allá, pasaron ante mí dos muchachas con serena jovialidad en su etérea sonrisa de ideal fugitivo.

Me di cuenta enseguida. Eran, ciertamente las generosas musas que el artista siempre reconoce tras el destello de su inspiración. Discretas y bellas como la música, estas musas queriendo pasar inadvertidas, se paseaban de incógnito, ajenas a la poesía que dejaban a su paso (aroma floral y pleno en la noche) entre el silencio inflamado que dejó la música.

martes, 1 de enero de 2013

Abriendo sendas en la niebla

He pasado la nochevieja en buen condumio y mejor palique en casa de mi amigo Paco, en aquel su pueblito recoleto, recio y espartano en su austeridad en medio del páramo, que hace casi solitaria la estancia por sus calles.


Hoy es día de fiesta, pero ninguno en concreto, podría ser cualquiera. Parecen ya como oídas en un sueño las claras voces de los villancicos que a rachas con el viento helado llegaban hasta nosotros como una marea jovial en la alta noche apuntalada de petardos.



Ahora, como en un extraño sortilegio, recorremos en las primeras horas de la mañana un pueblo fantasmal cuyo silencio sólo rompe algún que otro paisano con su tractor, ese buey mecánico, rodando cansino, dirigiéndose a su faena en el campo, allá lejos, desde las últimas casas de la aldea, perdiéndose en una niebla que lo preside todo junto al acre aroma (inconfundible) del humo de leña, prometedor de sustanciosos desayunos.

La misma niebla acompaña como una premonición al primer día del año lleno de promesas e ilusiones. Todo está por hacer. Igual que esta misma mañana reconcentrada en sí misma, recia y humilde, de cielo oceánico gris perla.

Se alían las fuerzas de la naturaleza en esta mañana lustral donde balbucea el año. Se diría que estamos asistiendo en nuestro paseo a la primera mañana del mundo.