lunes, 13 de octubre de 2008

El aroma de la provincia en las novelas de Francisco Umbral


Las últimas semanas las he dedicado a releer el Francisco Umbral (1935-2007) de las novelas de ambiente provinciano, unas diez novelas en total:

* Las ninfas (1975)
* Los males sagrados (1976)
* Los helechos arborescentes (1980)
* Las giganteas (1982)
* Las ánimas del purgatorio (1982)
* El hijo de Greta Garbo (1982)
* Pío XII, la escolta mora y un general sin un ojo (1985)
* El fulgor de África (1988)
* Las señoritas de Avignon (1994)
* Los cuadernos de Luis Vives (1996)

Salto de la lista aquellos títulos como Memorias de un niño de derechas (1972), Leyenda del César Visionario (1991) o Capital del dolor (1995) por considerarlas novelas socio-políticas, no tanto enfocadas desde el yo introspectivo.

El monográfico umbraliano me ha ofrecido nuevas tonalidades, nuevas luces y un nuevo reconocimiento íntimo por su maestría narrativa, en registros diferentes, ya que hay novelas estáticas (Las ánimas del purgatorio o El hijo de Greta Garbo) junto a la fabulación (Pío XII... , Las señoritas de Avignon, ...). No es justo que se tache a Umbral de novelista endeble por no tener sus obras un armazón sólido. Así se le estaría juzgando desde postulados clasicistas, porque el interés de Umbral, más que contar una historia, es crear una atmósfera (poética) por donde pululen sus personajes. Su técnica novelística es imprevisible como la propia vida, una vida que siempre se va revelando ante su protagonista, dentro del subgénero de la novela de iniciación adolescente, siempre en la ciudad provinciana llena de tedio y desencanto, que asistirá al deslumbramiento adolescente por la escritura y los devaneos literarios del protagonista, dulcemente martirizado por diversas musas, su Tía Algadefina como insistente ángel/demonio. Es interesante notar el erotismo complejo que se desarrolla en torno al protagonista, adviertiéndose una visión dual en las figuras de las prostitutas (sobre todo en Los helechos arborescentes).

Sus novelas suelen finalizar con la huída de la ciudad ante la muerte de la madre del protagonista, para desarrollarse finalmente en lo personal y en lo profesional (dos facetas que se aúnan en la figura del escritor) apartado de lo que es una agobiante atmósfera edípica que sólo conduce al fracaso.

Umbral, dentro de sus matices diversos, unas veces bufo, otras más sincero y hondo, es con todo uno de los maestros de la prosa del siglo XX y es saludable reconocerlo volviendo a recibir el turbión de luz que desprenden sus páginas, sus historias.
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