lunes, 11 de febrero de 2008

Ciencia ficción existencial

La ciencia ficción, según Isaac Asimov, explora las relaciones sociales en un tiempo futuro, de modo que dichas relaciones están supeditadas a la complejidad alcanzada por la mente humana. Sin embargo, hay casos en que la ciencia-ficción tiene una encantadora ingenuidad, un regusto de hipotético anacronismo para el lector contemporáneo. Este es el caso de Ray Bradbury y dos de sus novelas: Farenheit 451 y Crónicas marcianas.

Sin embargo, lo impresionante del caso es que la ilusión del futuro la consigue a través de las situaciones y el drama existencial de sus personajes, algo puramente conceptual, rara vez descriptivo.

En la primera novela, Farenheit 451, un bombero integrado en el comité político de un poder omnímodo que prohibe y condena toda lectura, llega a traicionar su propio código profesional para rescatar su dignidad de persona. Crónicas marcianas es un volumen de cuentos independientes sobre el hilo de la colonización terrícola en Marte, y su progresiva degradación a causa de la miseria de los hombres. Un libro bellísimo de variados tonos, lleno de grandeza poética que revela la soledad del hombre, el drama de la vida en su complejidad existencial. Inolvidable.

martes, 5 de febrero de 2008

La larga senda del absurdo en Melville

Gracias a mi amigo e ilustre colega Enrique Ocampo me he animado a leer tres títulos de Hermann Melville, "William Budd, marinero", "Benito Cereno" y "Bartleby el escribiente" (regalándome los volúmenes, supongo que contento por haber encontrado en mí otro lector de Melville).

Parece mentira el cambio de estilo que se produce entre Bartleby y las dos obras anteriores de las que, en cierta manera, procede. Las tres novelas tienen un cariz psicológico en donde prevalece siempre la actitud de los personajes. Aunque es "Bartleby" un precedente kafkiano absolutamente verificable, una novela irónica, incisiva y desencantada que no tiene nada que ver con William Bud ni con Benito Cereno. Para empezar, estas dos tienen un ambiente historicista situado en el s. XVIII y, si bien el absurdo (muy tenue) está agazapado en sus páginas, Melville mantiene un ramalazo racionalista que le lleva a desvelar la intriga (tedioso en las digresiones en William Budd e ingenioso mediante la estructura de Benito Cereno). Bartleby es puro absurdo porque no se explica (ni tiene explicación) en ningún momento la actitud del protagonista, y ahí entra lo contemporáneo de Melville (que escribe esta obra en plena revolución industrial americana), una sensación de caos y desánimo ante un mundo que carece de referencias éticas, se ha llegado así al absurdo mediante una conclusión lógica que se inicia en el atisbo psicológico en Melville a través de estas tres obras. Un mundo absurdo y desarraigado cuya estética prolongará y consolidará luego Franz Kafka en Europa.