miércoles, 31 de marzo de 2010

La leyenda de San Pedro de Cardeña

Antonio Leandro Bouza tiene en su voz profunda y amistosa la sencillez y la cercanía de los grandes hombres. Él es el gran humanista de Burgos, director de la revista Artesa (1969-1985), puntal de la vanguardia castellana, de la que se ha expuesto ahora una retrospectiva en la ciudad que se trasladará al Círculo de Bellas Artes de Madrid a mediados de abril, con un estupendo montaje y un catálogo envidiable, que me ha regalado dedicado así como El rey y yo (La esfera de los libros, Madrid, 2007), en donde relata la larga amistad con el monarca español Don Juan Carlos I iniciada en los 50 cuando se le designó preceptor del entonces príncipe en la academia militar de Zaragoza.




Bouza es entre otras cosas crítico de arte y fundador del Museo de los Condestables en Medina de Pomar, fruto de su labor museística ha sido la buena relación que mantiene con el monasterio de San Pedro de Cardeña, que hemos visitado a nuestra comodidad saludando a diversos frailes y discretamente husmeando el almuerzo por el aroma del refectorio, visitando  diversos claustros, bañados en una luz fantástica e irreal.

Austeros muros de vértigo abrochados por severas nervaturas en la cubierta, la basílica colosal de enormes pilares, mañana lechosa y remota el ámbito, hemos visitado en una de las capillas del templo el sepulcro del Cid, solemne pero recio como corresponde al invicto campeador castellano, rodeado de todo su augusto linaje.


Como colofón a la visita, que se ha unido al Claustro de Miraflores, aromado de rosas, he tenido el honor de recibir como regalo de Bouza una botella de vino elaborado por los monjes cistercienses del monasterio.



Depositario de enigmas diversos, enclave de leyendas heroicas, el monasterio de San Pedro de Cardeña está igualmente relacionado con la fundación del reino de Castilla. Doña Jimena se alojó allí mientras su marido Don Rodrigo Díaz, el Cid Campeador, tuvo que partir al ingrato destierro con doce de los suyos. No puedo imaginar mayor amargura que la separación de los esposos llena de incertidumbre, negros presagios  atizados por aquel entorno austero rodeado de páramos pelados de tierra negruzca que ensombrecen el alma, paraje inhóspito en donde el monasterio se destaca como único rayo de vida y esperanza.


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