domingo, 8 de julio de 2012

Antoni Coll Bardolet, estampas de una Mallorca perdida en el tiempo

Existió una línea regionalista vinculada al realismo pictórico que sobrevino en España durante las postrimerías del modernismo, y que fructificó durante los años 1910 hacia 1930 aproximadamente, derivado en gran manera del referido impulso modernista, y de ahí que algunos de esos pintores regionalistas hubieran formado parte de las filas modernista como Santiago Rusiñol o Isidro Nonell, por citar artistas del entorno catalán que repercutieron sobre Antoni Coll Bardolet, pintor mallorquín de quien en estos días se expone una selección retrospectiva de sus pinturas en la capilla anexa al Centro Cultural de la Misericordia, situada en la mitad justa de la Rambla de Palma (una rambla esta la palmense mucho más íntima, recogida y apacible que la barcelonesa).









Coll Bardolet tiene un sentido paisajístico muy definido que practica con gran eficacia, domina la luz (con resabios de Sorolla y Rusiñol) y la perspectiva necesaria, no solo en escenas campesinas sino incluso en estampas sociológicas como fiestas patronales ibicencas y mallorquinas. Coll Bardolet es uno de los grandes pintores de la isla, sus obras muestran el encanto provinciano y romántico de las Baleares que se perpetúa hasta prácticamente la irrupción del turismo durante los 60 en la isla. Se diría un artista epigonal del movimiento regionalista cuando apenas existía ya en la península: los pintores Romero de Torres, Eugenio Hermoso o Zuloaga ya hacía tiempo habían desarrollado su obra cuando Bardolet comienza en los años 30 y 40. Sin embargo, no podemos hablar de retraso propiamente en el autor sino del síntoma psico-social derivado del aislamiento muchas veces voluntario que fomentaba la mentalidad de esta isla en sus habitantes y en una obra, la de Bardolet, que alcanza hasta el siglo XXI y cuyo rasgo principal es el sentido preciso y eficaz del movimiento en tan solo un trazo, como se puede apreciar en las acuarelas y dibujos que dedica a los danzantes mallorquines (siguiendo siempre con la temática folk que raramente abandonará en su vida), una obra fuertemente cinética cuya fuerza no ha podido conseguir del todo la burda copia de un pintor del mercadillo del carrer San Miquel, dicha copia certifica así que no sólo está presente la pintura de Coll Bardolet, sino que tiene seguidores en la isla, un gran honor para cualquier artista, perpetuarse a través de sus epígonos.



Esa tendencia a hacer la foto-fija del espacio desemboca en un sentido documental en la obra de Bardolet, y de esta manera, gracias a él, tenemos testimonio de diversas calles de Palma y especialmente reparo en un dibujo con una escena identificada: la imprenta Mossén Alcover (hoy desaparecida), sita en la calle Calatrava, en donde imprimía sus obras Luis Ripoll, primer editor mallorquín que fijó en la isla esta su humilde empresa, si nos atenemos al dibujo de Bardolet: una pequeña estancia en donde destaca el mismo editor trabajando con una minerva manual de caracteres móviles, seguramente la escena muestra al mismo Ripoll imprimiendo uno de los dos volúmenes de sus Letras mallorquinas, prontuario sui generis de la isla, conglomerado de píldoras textuales divulgativas que en su día fue escribiendo desde 1963 a 1967 para el Mallorca Daily Bulltin en inglés y que él mismo decidió traducir al español y editar sus textos en dos preciosos volúmenes encuardernados en cartoné con portada en cuatricmomía de Boo, cuya primera edición (1970 y 1971 cada volumen), hoy día agotada e inexistente, es una auténtica joya bibliográfica que he tenido la gran fortuna estos días de encontrar y adquirir gracias a mis excelentes proveedores en la isla.

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