sábado, 14 de julio de 2012

Texto apócrifo de C’an Joan de S’aigo: una historia de meriendas

Uno de los sitios de Palma en donde recalo en mis paseos y en donde podéis encontrarme sin mucha dificultad es en el salón de la confitería C’an Joan de S’Aigo, pasando las arcadas ojivales de la Plaça des Quarterades (donde se reclutaba a los jornaleros para trabajar en las cuarteradas o parcelas de tierra) hacia la Plaça de Sant Francesc. Este local, que señala la casa de Juan el aguador se encuentra en las entrañas de la ciudad vieja de Palma, si se quiere llegar a él, debe el caminante aventurarse por el interior de un ocre laberinto a través de callejas, recias posadas y casonas y recónditas plazoletas de añejo sabor.




Fundado en 1700, es el local más antiguo de la isla. Hay algún grabado de la época que ilustra sus inicios, al modo de un simple despacho de pasteles o helados (algo coqueto), hasta adquirir su aspecto burgués y enciclopedista, iluminado de ostentosas lámparas de araña y decoración art-decó que preludia estancia bonancible y próspero refrigerio gracias a su propio obrador, rodeado de reliquias varias.



Mis amigos saben que no soy hombre zampabollos y ni tan siquiera goloso. Los camareros conocen de sobra a aquel muchacho que se trae periódicos y libros para leer; sabiendo que se volverán a ver en breve, se saludan proyectando una red muda de complicidad en las miradas. Yo soy aquel muchacho del rincón que entra con periódicos y libros para leer mientras se deleita moroso con una taza de chocolate o una horchata de almendras, acompañado tal vez de una levitante ensaimada tibia, inmejorable como ninguna otra, un muchacho adiestrado en el exquisito arte del dolce far niente que facilita el ambiente de la confitería, paseando la vista de tanto en tanto por el ámbito para advertir las sombras de la mágica historia que discurre sigilosa, casi detenida, en el legendario salón de C’an Joan de S’aigo. Si me veis por allí, por muy ensoñado que me encuentre, por favor, no dejéis de saludarme.



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