domingo, 29 de julio de 2012

El viejo tren de Sóller: viaje al interior de la sierra mallorquina


Risueña la mañana en la breve estación del ferrocarril de estética art-decó nos espera paciente el tren-tranvía hacia Sóller, aprovecho para visitar un pequeño museo a pie de andén donde se exponen diversas pinturas concernientes a esta ruta Palma-Sóller, donde encuentro un óleo del arquitecto y sainetero decimonónico Bartomeu Ferrá o los magníficos paisajes, ya en el siglo XX, de Gelabert, Rafael Forteza o Guillermo Nadal, todo ello un preludio artístico del viaje antes de acomodarme en uno de sus viejos asientos de su alma de madera, semejante al viejo tranvía del Tibidabo en Barcelona, se diría un arca de madera ambulante, haciéndonos remontar a los años 40 ó 50, incluso el jefe de estación nos llama a voces para subir a los vagones y con un cornetín da la salida.



La locomotora, en un estruendo de palancas y bufidos infunde vida a las venas de la máquina, desperezándose y poniéndose en marcha en una cadencia menestral y alegre que se prolonga a lo largo de todo el camino, que se infiltra en el sopor de la campiña mallorquina atravesando las huertas y las soledades en un paisaje colorista y plural donde se conjugan el verde forestal hasta el verde fresco y primaveral, cadmio y siena de la tierra y donde conviven almendros, higueras, palmeras, olivos y pinos en apretados bosques, sin olvidarnos del paréntesis de aliento mineral de los túneles que salvaban enormes desfiladeros, sierras talladas a pico moteadas del verde forestal, o cerrando la visión en épicas cumbres arañando las nubes.





El tren va bajando en relajada elipse de la cima al vallecito y tras un abierto recodo, se nos presenta Sóller:

     El cel prepara secrets
     memoris de mandarina,
     i les riberes del vent
     esgarrien taronjades

(El cielo prepara secretas/ memorias de mandarina/, y las riberas del viento/ esparcen naranjadas)

Saluda Bartomeu Rosselló-Porcel en sus versos a este encantador pueblito.

La estación de Sóller tiene a su vez, como su enlace en Palma, una galería artística excelente relacionada con la ciudad en la obra de Joan Miró, en la que destaca la serie Archipelags sauvages , Contelacions y diverses Danseuses (obras que van evolucionando desde la celebración del mundo polifónico hasta la síntesis nuclear en su discurso) y otra sala dedicada a Picasso con piezas cerámicas inspiradas en el entorno, figuras femeninas diversas que insinúan materialidad, misterio y pan-helenismo. Es muy de agradecer esta conexión con el arte del ferrocarril, una iniciativa muy sugestiva de los amigos del ferrocarril de Baleares (http://www.aafb.net/ ).

Centro repostero de reconocido prestigio dentro y fuera de la isla, Sóller cuenta con diversas confiterías muy coloristas y exclusivos salones de té. Pero, por muy celebrados que hayan sido sus dulces, yo solo tenía estómago para una sopa mallorquina (servida y disfrutada en un castizo casino sollerense), tras la cual, además, haberme tomado el más delicioso pastelito me hubiera supuesto los más molestos problemas digestivos.








Sóller, pese a su secuela agraria que hace desparramar las casas en el valle, como gatos esquinados, es en su núcleo urbano un entorno sólidamente burgués de un tono modernista íntimo y recogido, siguiendo las huellas de Gaudí, quien diseñó la estupenda iglesia neo-gótica y unos cuantos palacios, entre ellos el Banco de Sóller.



Callejas hondas y umbrías, flanqueadas de macetas, las fontanas en su mansedumbre tararean su melodía de cristal. De repente tras las calles principales pasamos entre huertas de limoneros con su luminoso fruto esencia de la mañana, entre algún arroyo rumoroso. Calmosa y metódica la vida en el pueblo, resguardado entre los murallones de la sierra como gigantes bondadosos, Sóller queda aposentado y tranquilo como joya en costurero.

domingo, 22 de julio de 2012

Una noche sinfónica en el castillo de Bellver





El impávido castillo de Bellver, sobre su colina, es el cíclope que custodia toda la bahía  destilando historias legendarias de reinados y prisiones, tantas más historias cuanto misterioso es el frondoso bosque de pinos que le rodea. Cual extraño vegetal, se yergue el castillo en su cónica figura, semejando un enigma cósmico en su peculiar anillo, eje de una galaxia ignorada.




Actualmente la fortaleza está destinada a auditorio y en este entorno precisamente tuve la ocasión de asistir con mis tíos Joaquín y Covadonga al tercer concierto del XVII Festival de música de Palma, cuyo programa (ejecutado por la orquesta Sinfónica de Palma bajo la dirección de Salvador Brótons) fue bastante variado a lo largo de la noche, abriendo el concierto una deliciosa pieza del barroco veneciano Marcello (Concierto para oboe), siguiendo con una pequeña composición de Mozart para flauta y una romanza de Dvorak para llegar al descanso con el estreno universal de Orión, obra de Roig-Francolí, contemporáneo catalán afincado en USA, una pieza visceral y dramática con un sentido metafísico y existencial.




La segunda parte la ocupó la egregia Sinfonía del nuevo mundo de Dvorak, unas piezas dirigidas muy hábilmente por Salvador Brotons, que se dejó la piel sobre el escenario, completamente entregado a su tarea, en un delirio de técnica y éxtasis musical que hizo vibrar a toda la platea, un público exigente en un ambiente cordial y muy cercano en que los músicos esperaban su turno de actuación en la orquesta sentados a nuestro lado bajo las arcadas o pasando ajenos por las galerías, reconcentrados en la partitura a interpretar dentro de unos minutos.

El castillo de Bellver, espigado y singular, es un ámbito donde dialogan superpuestas y encabalgadas diversas épocas con toda familiaridad, donde la magia de la música irradia con toda su fuerza en panóptico, dialogando con los guiños ojivales de sus arcadas filtrándose en las regias estancias llenas de frescas soledades, sacudiendo el sopor de fantasmas y poblando de sueños la noche ancestral.




Fotos cedidas por cortesía del ingeniero topógrafo Joaquín  González, responsable del remozado actual del castillo, pilar a pilar, a quien la providencia hizo regresar con la excusa del concierto para recrearse en la contemplación de su propia obra, tantos años después.

sábado, 14 de julio de 2012

Texto apócrifo de C’an Joan de S’aigo: una historia de meriendas

Uno de los sitios de Palma en donde recalo en mis paseos y en donde podéis encontrarme sin mucha dificultad es en el salón de la confitería C’an Joan de S’Aigo, pasando las arcadas ojivales de la Plaça des Quarterades (donde se reclutaba a los jornaleros para trabajar en las cuarteradas o parcelas de tierra) hacia la Plaça de Sant Francesc. Este local, que señala la casa de Juan el aguador se encuentra en las entrañas de la ciudad vieja de Palma, si se quiere llegar a él, debe el caminante aventurarse por el interior de un ocre laberinto a través de callejas, recias posadas y casonas y recónditas plazoletas de añejo sabor.




Fundado en 1700, es el local más antiguo de la isla. Hay algún grabado de la época que ilustra sus inicios, al modo de un simple despacho de pasteles o helados (algo coqueto), hasta adquirir su aspecto burgués y enciclopedista, iluminado de ostentosas lámparas de araña y decoración art-decó que preludia estancia bonancible y próspero refrigerio gracias a su propio obrador, rodeado de reliquias varias.



Mis amigos saben que no soy hombre zampabollos y ni tan siquiera goloso. Los camareros conocen de sobra a aquel muchacho que se trae periódicos y libros para leer; sabiendo que se volverán a ver en breve, se saludan proyectando una red muda de complicidad en las miradas. Yo soy aquel muchacho del rincón que entra con periódicos y libros para leer mientras se deleita moroso con una taza de chocolate o una horchata de almendras, acompañado tal vez de una levitante ensaimada tibia, inmejorable como ninguna otra, un muchacho adiestrado en el exquisito arte del dolce far niente que facilita el ambiente de la confitería, paseando la vista de tanto en tanto por el ámbito para advertir las sombras de la mágica historia que discurre sigilosa, casi detenida, en el legendario salón de C’an Joan de S’aigo. Si me veis por allí, por muy ensoñado que me encuentre, por favor, no dejéis de saludarme.



domingo, 8 de julio de 2012

Antoni Coll Bardolet, estampas de una Mallorca perdida en el tiempo

Existió una línea regionalista vinculada al realismo pictórico que sobrevino en España durante las postrimerías del modernismo, y que fructificó durante los años 1910 hacia 1930 aproximadamente, derivado en gran manera del referido impulso modernista, y de ahí que algunos de esos pintores regionalistas hubieran formado parte de las filas modernista como Santiago Rusiñol o Isidro Nonell, por citar artistas del entorno catalán que repercutieron sobre Antoni Coll Bardolet, pintor mallorquín de quien en estos días se expone una selección retrospectiva de sus pinturas en la capilla anexa al Centro Cultural de la Misericordia, situada en la mitad justa de la Rambla de Palma (una rambla esta la palmense mucho más íntima, recogida y apacible que la barcelonesa).









Coll Bardolet tiene un sentido paisajístico muy definido que practica con gran eficacia, domina la luz (con resabios de Sorolla y Rusiñol) y la perspectiva necesaria, no solo en escenas campesinas sino incluso en estampas sociológicas como fiestas patronales ibicencas y mallorquinas. Coll Bardolet es uno de los grandes pintores de la isla, sus obras muestran el encanto provinciano y romántico de las Baleares que se perpetúa hasta prácticamente la irrupción del turismo durante los 60 en la isla. Se diría un artista epigonal del movimiento regionalista cuando apenas existía ya en la península: los pintores Romero de Torres, Eugenio Hermoso o Zuloaga ya hacía tiempo habían desarrollado su obra cuando Bardolet comienza en los años 30 y 40. Sin embargo, no podemos hablar de retraso propiamente en el autor sino del síntoma psico-social derivado del aislamiento muchas veces voluntario que fomentaba la mentalidad de esta isla en sus habitantes y en una obra, la de Bardolet, que alcanza hasta el siglo XXI y cuyo rasgo principal es el sentido preciso y eficaz del movimiento en tan solo un trazo, como se puede apreciar en las acuarelas y dibujos que dedica a los danzantes mallorquines (siguiendo siempre con la temática folk que raramente abandonará en su vida), una obra fuertemente cinética cuya fuerza no ha podido conseguir del todo la burda copia de un pintor del mercadillo del carrer San Miquel, dicha copia certifica así que no sólo está presente la pintura de Coll Bardolet, sino que tiene seguidores en la isla, un gran honor para cualquier artista, perpetuarse a través de sus epígonos.



Esa tendencia a hacer la foto-fija del espacio desemboca en un sentido documental en la obra de Bardolet, y de esta manera, gracias a él, tenemos testimonio de diversas calles de Palma y especialmente reparo en un dibujo con una escena identificada: la imprenta Mossén Alcover (hoy desaparecida), sita en la calle Calatrava, en donde imprimía sus obras Luis Ripoll, primer editor mallorquín que fijó en la isla esta su humilde empresa, si nos atenemos al dibujo de Bardolet: una pequeña estancia en donde destaca el mismo editor trabajando con una minerva manual de caracteres móviles, seguramente la escena muestra al mismo Ripoll imprimiendo uno de los dos volúmenes de sus Letras mallorquinas, prontuario sui generis de la isla, conglomerado de píldoras textuales divulgativas que en su día fue escribiendo desde 1963 a 1967 para el Mallorca Daily Bulltin en inglés y que él mismo decidió traducir al español y editar sus textos en dos preciosos volúmenes encuardernados en cartoné con portada en cuatricmomía de Boo, cuya primera edición (1970 y 1971 cada volumen), hoy día agotada e inexistente, es una auténtica joya bibliográfica que he tenido la gran fortuna estos días de encontrar y adquirir gracias a mis excelentes proveedores en la isla.

lunes, 2 de julio de 2012

La máquina de hacer ruido de la Iglesia de Santa Eulalia

Hay un misterioso ingenio mecánico casi olvidado de los libros por lo inadvertido en uno de los paramentos de la nave central en la iglesia de Santa Eulalia en Palma: parece una aparatosa yunta de bueyes debido a su armazón de madera, pero al poco, observaremos que se trata de una rueda de la que penden campanillas: una rueda-matraca accionable a través de una soga de la que el cura o el monaguillo tiraba.





La aparición y función de este ingenioso invento, que se remonta al Bajo Medievo (al menos el que se conserva en esta iglesia), motivado, según he leído, del antiguo oficio de tinieblas, cuando, el miércoles de Semana Santa, para conmemorar la muerte de Cristo, con la iglesia a oscuras solo iluminada por la luz de velas de un candelabro de quince brazos (los testigos del mensaje revelado: los once apóstoles más las tres Marías (María Salomé, María de Cleofás y María Magdalena) más la Virgen María, se iban apagando sucesivamente tras entonar sendas letanías, y, al apagar la última, con la iglesia en tinieblas, el monaguillo rompía a tocar la matraca infernal, símbolo del caos en que el mundo, teatro de vanidades, estaba sumido hasta el nacimiento de Cristo, el mundo durante varios minutos tras los cuales se va restableciendo la luz de las velas (la luz que surge de la vigilia pascual del rito católico) y se reduce la batahola –caos del mundo y pasión de Cristo - hasta recobrar la serenidad  y orden del mundo, que adviene con la presencia de Jesucristo resucitado.

Este ingenio de la matraca del templo de Santa Eulalia muy posiblemente hubiera inspirado a Camilo José Cela (quien residió buena parte de su vida aquí en Palma) su obra Oficio de tinieblas (1973), contribuyendo con esta su obra experimental también él a rastrear las huellas culturales del pueblo mallorquín, huellas muchas veces envueltas en el misterio y solo reveladas en la constancia de la fascinación.