lunes, 24 de septiembre de 2012

Nit de l'Art 12

La otra noche pudimos disfrutar de una jornada de puertas abiertas en todas las galerías de arte de Palma durante toda la víspera, formando entre todo el público un festivo peregrinaje con paradas a lo largo de la ruta de espacios expositivos, públicos y privados, en toda la ciudad de Palma, y en cada uno de ellos, un pic-nic preparado en cada sala para sobreponerse entre paseo y paseo de uno a otro extremo de la ciudad,  donde proliferan los espacios expositivos si tenemos en cuenta la población (mediana en número) de esta ciudad.




Palma es una ciudad en la que conviven salas de varias estéticas y sesgos, unas más clásicas y afincadas en su trayectoria (suponemos que con una cartera fiel y tradicional de clientes), asociada a los barrios burgueses como la Avinguda Jaume III, junto a otras de nuevo cuño que han surgido como rara avis en los viejos barrios palmenses, con un discurso muy dinámico y contemporáneo, con otro concepto expositivo en donde el espacio y la luz forman parte también de la experiencia estética, un fenómeno muy similar a lo ocurrido hace unos años en el barrio del Raval de Barcelona (cuando una gran multitud de artistas decidieron transladar allí sus talleres y se fundaron diversas galerías alternativas, aprovechando el tirón de algunos museos cercanos).

Estas nuevas galerías palmenses apuestan por un arte de impronta urbana, reflexiva y de discurso meta-artístico y conceptual en muchos casos, hay una gran presencia de obra gráfica debido a nuestra cultura (audio)visual, en donde el sentido de la inmediatez tiene gran presencia, de la misma manera que la obra fotográfica, como huella documental y crítica que se quiere infundir. Junto a ellos, también son destacables los ready made (los objetos encontrados o manipulados) de herencia surrealista, reiterando la reflexión crítica en torno a las fuentes del arte, así como las instalaciones o ambientes, de fuerte carácter conceptual, que facilitan (con la intervención artística de un entorno dado) la experiencia de los sentidos, habitando el espacio artísticamente.

La Nit de l’Art nos ha permitido ratificar todas estas tendencias con una gama suficientemente amplia que avalase nuestro criterio. Un proyecto cultural muy sugestivo que esperamos sensibilice al gran público sobre la necesidad del arte en nuestra vida. Para próximas ediciones sería interesante añadir otros aportes complementarios como conciertos de música en directo o performances diversas. Necesitaríamos una nit de l’art no cada año, sino cada trimestre, y la siguiente noche de happy hour en los cafés para descansar de toda esta intensa y apasionante romería artística.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Valldemossa, la sierra con puerto de mar

La isla de Mallorca debe ser entendida como una superposición de diversas realidades concéntricas o secantes que conforman un conjunto orgánico que arborece continuamente vertebrando elementos en torno a diversos ejes, como si fuese un gigantesco e imprevisible caleidoscopio. De esta manera, podemos sentir paisajes familiares o soñar con otros nuevos, o vivirnos a través de ciudades y horizontes diversos sin salir de la isla.




Todo es posible aquí, por lo que hacer congeniar el calmoso mediterráneo con el bravío cantábrico cobra aquí carta de naturaleza propia como si tal cosa. Me refiero al puerto de Valldemosa, donde nos parece estar en las tierras astures de Luarca o de Cudillero, tal aire de familia tienen entre ellos en ambiente y entorno. Sin embargo, el puerto de Valldemossa, tras el descenso por la cinta de carretera que retorciéndose obsesiva bordea los acantilados, casi ni se distingue entre los peñones colosales y los desfiladeros vertiginosos que llevan a él y le dan cobijo, es un portalito diminuto a la orilla del mar, recogido y entrañable, a solo un trecho no largo de la cartuja de Valldemosa, de acuerdo al sorprendido testimonio de George Sand en Un invierno en Mallorca, cuando Perica, la payesita (el único ser amigable y cordial, nos dice, que encontró en toda su estancia en Mallorca, evocación del bon sauvage mire usted por dónde), jugando con los dos niños de la escritora, les enseña un atajo desde la alta sierra (donde estaba la cartuja desamortizada donde vivían) al mar, directamente tras un peñón, de golpe y porrazo. No hemos podido situar concretamente este peñón, tal vez la Sand se refiriera al barranco atroz que precede al puerto (y origina una violenta cascada en temporada de lluvias), no importa, lo que nos interesa es que este dato no hace sino confirmar nuestra hipótesis de los contrastes complementarios de simétrica divergencia, propias de la isla de Mallorca.



Apenas unas casas de pescadores, entre las que hay algún chalet y un café rodean el puerto encastrado entre colosales peñas que oscurecen al sol y desfiladeros de espanto. A pie del mar, el agua bate insidiosa al compás de un viento inquietante y húmedo. Está bravo el mar y las barcas están varadas en seco en la rampa del puerto, durmiendo de su merecido descanso. Aún quedan bañistas en el margen pedregoso de una escueta cala. Es el ocaso y contemplamos los últimos rayos del sol, que agota su función un día más dejando caer lentamente un telón de caramelo licuado, dejándonos un sinsabor de despedidas ante la infinita llanura metálica y obsesiva del mar, un organismo que irradia su misterio en un latido magnético de eternidad.

  (Este apunte ha podido ser ilustrado gracias a las fotografías cedidas cortésmente por Joaquín María González Cabezón)

domingo, 9 de septiembre de 2012

Estética y mística del vino según Joan Benássar. Una mañana en Es Baluard




Hay una zona cosmopolita donde late la inmediatez y la urgencia a lo largo del paseo que flanquea la Riera de Palma: es el Passeig Mallorca, cuyo fin parece un distribuidor que ramifica a varias zonas de la ciudad, en él convergen principalmente el Paseo Marítimo, y la Plaça de la Porta de Santa Catalina, de donde parten un dédalo de callejas hacia la Rambla (que se dirige al centro de la ciudad) con un gran ambiente en donde abundan diversas y sofisticadas galerías de arte.

Esta profusión de energía creativa no nace de la nada, sino que la irradia el museo de arte contemporáneo que se encuentra en la Plaça, aprovechando un trozo de la antigua muralla de Palma, de ahí precisamente su nombre: Es Baluard (el Baluarte), un pequeño fortín (con su aljibe seco como espacio expositivo también) empleado como museo, no está mal la asociación de ideas, aunque no sea la realidad, porque el arte está vivo y forma parte de la vida. No debe ser un mausoleo sino un espacio dialéctico en donde todo mensaje está ungido de actualidad y participa en su formación.








El diálogo constante en el tiempo es el propósito de este museo de Palma. Su vetusta piel, la pesada trabazón arquitectónica de su esqueleto armoniza con las palmeras y con las formas minimalistas que habitan su espacio suavizando la severidad militar de sus bloques de sillares. Artistas clásicos y modernos conversan en sus muros con el espacio permanente para el maestro Miró y otros clásicos.



Es Baluard, en su propósito de trasponer tiempos y estéticas dinamizando la comunicación, recoge en sus muros una exposición monográfica de Joan Benássar : El vi que bec té gust de mar (El vino que bebo tiene sabor a mar), el conocido artista es de Pollença, dato no baladí por cuanto el aire greco-latino de este pueblito a orillas de la península de Formentor condiciona e impulsa de manera muy coherente el entorno clasicista y legendario que transmite en esta exposición, monográfica acerca de las influencias e interacciones del pueblo mediterráneo y el vino, un extenso y complejo panorama visto a través de diversos mitos, motivos y estéticas a lo largo de toda nuestra historia occidental, revisada y actualizada desde la mirada de un artista actual.

Benassar infunde bastante coherencia a esta muestra que, plásticamente, se destaca por el seguimiento compositivo de motivos y composiciones de la antigüedad sobre todo helénica en pinturas y cerámicas (la sanguina o el bermellón propio en la cerámica griega y micénica, por ejemplo) y destacable por ende en su austeridad cromática con que resalta y dramatiza temas y personajes en un trazo expresionista que persigue la esencialidad de la forma, (casi siempre retratos y estampas de frontal), irradiando así el vitalismo pagano y primitivo que persiguiera Picasso o Matisse, dos clásicos que seguramente Benássar tendría en su mente junto a otros al realizar su serie. Hay rasgos de culturalismo, ciertamente, pero esta serie incide sobre la proyección de ese mensaje mítico, sobre el dinamismo y la vida pues así es el vino, elemento sagrado en cuanto dador de vida.






Estas pinturas soportan y conducen el texto del catálogo, escrito por Antoni M. Planas i Sanjosé, una exposición cuyo subtítulo: Breu historia de la vinicultura a la Mediterrània, plantea el hilo conductor de las pinturas, un ensayo sobre el particular donde las islas Baleares tienen mucho que decir dado su particular emplazamiento, antaño emporio comercial de la antigua Roma en la colonia de Pollentia desde donde hoy un artista de aquella misma tierra, Bennásar, brinda en sus pinturas un cálido homenaje a aquella cultura del vino, nuestra cultura, pues herederos somos de Roma, una forma de vida y una mentalidad que nos ha ido moldeando a través del tiempo (sé cuántas fatigas son necesarias/  sobre la colina en llamas/ para darme la vida, cantaba Baudelaire) una dimensión en donde el vino, como río aglutinante y lúcido de todas las culturas de nuestro entorno, vuelca en nuestra conciencia siempre ávida el conocimiento de nuevos horizontes tornasolados en su vivo resplandor bermejo.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Mallorca legendaria (I). Alcudia romana y el colosalismo de Formentor

La sierra de la Tramontana recorre Baleares en su margen norte de costa a costa como el espinazo de un extraño pez que termina en las asperezas del cabo Formentor, recorre toda la sierra la leyenda y el misterio de una tierra que el imaginario de las gentes de la isla han poblado con brujas, aparecidos, espectros y diversos fenómenos extraños. Este lugar es fuente de leyendas desde el primer pálpito de vida humana, cuando el hombre vivía en cuevas y temía el rayo y la tormenta. Sus ecos resuenan desde la noche de los tiempos.


Mis compañeros de ruta son mis tíos Joaquín y Covadonga, siempre gratos y fieles a la aventura. Hemos trazado una primera ruta que nos lleva hacia el noreste de la isla. Nuestra primera etapa es Alcudia, sede de la antigua provincia romana de Pollentia, para adentrarnos a continuación en el brazo de tierra de Formentor.

El viento va a ser nuestro compañero inseparable durante todo el recorrido. Un viento seco, recalcitrante y cuajado que en su silbo nos va desvelando poco a poco la memoria de estas soledades.



Alcudia es hoy un pueblo laborioso, antaño pueblo de pescadores, fundado por los romanos como Pollentia (de donde deriva el nombre de la actual Pollença, el pueblito vecino – es decir, que la antigua colonia no se corresponde con el pueblo), con un estupendo recinto amurallado por cuyas almenas se puede pasear. Se advierte la luminosa y coherente huella de las diversas culturas sobre las que se ha ido formando Alcudia, un mestizaje cultural de provincia costera en la que predomina la presencia de la antigua Roma como designio natural que ha ido modelando su paisaje mental y físico, muestra de lo cual son las ruinas del pequeño teatro erguido en las afueras del pueblo.



Hay que recorrer un largo camino por el yacimiento de Pollentia, más allá del foro y demás ruinas, paseando por un entorno rural y doméstico de alquerías, llanuras con sedientos pastizales flanqueadas de higueras venerables hasta que de pronto, resguardado por la fronda espesa de la vegetación se yergue ante nosotros el teatro romano entre la sorpresa y la conmoción ante la presencia de lo sagrado.




Nos encontramos ante una leve estribación del terreno frente a un breve hemiciclo de unos treinta metros de diámetro cuyo eje es un escenario minúsculo. Apenas unas líneas de graderío y una escalinata desdibujada sobre la piedra nos hace intuir su actividad detenida en el tiempo. Descanso sentado en un banco frente a la construcción, dejando que la energía del entorno fluya, y de repente me encuentro solo, cara a cara con el teatro romano. Siento latir sobre las piedras del teatro en su colina mágica la energía que fluye en torno como un poderoso ensalmo que se mantiene en la historia y es mi propio corazón el que palpita a través de la historia. Escucho el viento que recoge ecos ancestrales revelando ignoradas historias que las higueras centenarias, árboles sagrados, guardan en su memoria.


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Una pezuña de cabra amarra Formentor con Mallorca en su zona noroeste. Sin otra salida, es el finis terrae de la isla. Forma una amplia bahía en Pollença, pueblito costero con aire de frontera debido a la convivencia con la colonia inglesa, que le infunde un aire variopinto, una elegante mistura entre palmeras, almendros y salones de té. Pese a su aislamiento geográfico, Pollença es uno de los focos culturales de la isla, acoge diversos actos culturales como las conversaciones en Formentor, (fundadas por Camilo José Cela en 1958 en el hotel del mismo nombre y retomadas desde 2009 por el Consell Balear), algún que otro congreso sobre novela o arte y un festival anual de música que focaliza evidentemente un turismo de élite.




Más allá de la bahía, extendida en el horizonte como una duda palpitante de las mareas se encuentra rodeado de mar y misterio la península de Formentor, en cuyo cabo se encuentra el faro asediado del viento y la lluvia como un guardián de aquellos atroces acantilados. Con una torre de 56 metros, y a 188 metros sobre el nivel del mar y puesto en servicio desde 1863, su construcción fue toda una gesta del hombre salvando toda clase de obstáculos.




No hay otro horizonte en esta tierra que peñones descomunales en donde ralean algunas matas y pedregales estériles disueltos en las nubes, una tierra de titanes donde solo pueden sobrevivir la testarudez de las cabras en su más asilvestrada naturaleza, que triscan y pasean tranquilamente en las faldas casi cortadas a pico de semejantes moles de piedra. Un tótem de esta tierra es efectivamente la presencia helénica de las cabras y, junto a ellas, arrogante, se encuentra centinela siempre el viento pesado y oscuro como una condena, soplando siempre en este ámbito inhóspito en donde cualquier incursión humana como la nuestra supone una osadía contra los dioses tutelares de esta tierra sobrecogedora de altura, soledad y misterio.






 Las fotografías alusivas a Formentor han sido cedidas en exclusiva a Galvanoplastias por cortesía de Joaquín María González Cabezón