Un museo sin arte: mil rugidos de aburrimiento




Hay exposiciones de arte en donde a veces uno se pregunta dónde está la esencia artística y definitivamente en esas ocasiones nos damos cuenta de que su esencia está perdida en su propia enunciación. Su discurso (la mejor de las veces) es coherente, robusto, inteligente pero su vertebración artística no tiene músculo y se disipa en su propio gesto. Este es el caso de dos exposiciones que alberga ahora el CAAC (Centro Andaluz de Arte Contemporáneo): Mil bestias que rugen y la obra de Bouchra Khalili. En la primera, donde se revisa la visión eurocentrista del mundo colonial a través de sus diversas manifestaciones en colecciones privadas, influencias y herencias culturales diversas. El caso de Bouchra Khalili es unas décimas de mayor interés si acaso, más crítico entre el video-arte y el documento social, donde se plantean los problemas del desarraigo y la aculturación por parte de la inmigración.




Tras salir de estas muestras de arte,  acuden a nuestra mente varias ideas  con claridad: la primera es que el comisario (o curador) de la exposición en ocasiones suplanta la identidad y el rol del artista, y muchas veces con discursos pretenciosos. Por ello mismo, si por exposición entendemos un informe antropológico más sociológico que artístico, la segunda conclusión es que el espacio expositivo de un museo debería estar abierto no sólo a artistas sino también a humanistas diversos, consultores empresariales y los más dispares gremios. Se acabó el arte del artista. Me gustaría pensar que vuelve el anti-arte en el sentido fluxus de Joseph Beuys. Pero ni siquiera la exposición participa de la ironía de este anti-artista alemán.

Y la tercera conclusión es que el planteamiento de hacer dialogar el espacio venerable del convento de la Cartuja (donde se encuentra el museo) con obras artísticas actuales inspira la pertinaz idea (cuando no tienen un planteamiento coherente) de que el continente es muy superior al contenido, paseando por sus galerías, capillas y recoletos patios se respira el aroma de la historia y, de continuar en esta línea, es de temer que el ánimo socarrón del pueblo sevillano acabe alterando el orden de las siglas del CAAC en alusión escatológica a la producción que a veces reúne.




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